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Andrea Gamarnik, la científica que no se calla

04.04.2016
Destacó que la ciencia argentina avanza pese a “importantes limitaciones” en recursos y equipamiento. Calificó de “limitados” los sueldos que el Conicet les paga a investigadores como ella. Denunció que en ese ámbito, y en otros del mundo científico, las mujeres enfrentan “múltiples obstáculos” para llegar a posiciones de liderazgo.

Otra le hubiera dicho “gracias” al jurado, y listo. Hubiera nombrado a quienes la apoyaron, y ya. Hubiera dicho generalidades políticamente correctas, y a otra cosa. Ella no. Tras haber sido distinguida en Francia por sus descubrimientos sobre el dengue como la científica más destacada del año de América Latina, la viróloga argentina Andrea Gamarnik aprovechó su repentina notoriedad para colocar históricos reclamos en el corazón del debate público. Se convirtió, en cuestión de semanas, en una verdadera activista social.

La investigadora, de 51 años, destacó que la ciencia argentina avanza pese a “importantes limitaciones” en recursos y equipamiento. Calificó de “limitados” los sueldos que el Conicet les paga a investigadores como ella. Denunció que en ese ámbito, y en otros del mundo científico, las mujeres enfrentan “múltiples obstáculos” para llegar a posiciones de liderazgo. Y se declaró “muy preocupada” por el futuro de la investigación en el país.

Lo hizo hace 10 días en París, en la entrega del premio L’Oréal-Unesco 2016 “Por las mujeres en la ciencia”, y se llevó la ovación más larga. Lo repitió en entrevistas periodísticas y llegó a ser trend topic en Twitter. Lo había hecho en octubre, en un acto con la ex presidenta Cristina Kirchner, que la aplaudió de pie. Y lo hizo el mes pasado en una reunión con Mauricio Macri en la que criticó sus políticas científicas.

Investigadora principal del Conicet y jefa del Laboratorio de Virología Molecular del Instituto Leloir, Gamarnik habla de modo pausado y respetuoso, aunque enfático. Su carrera transcurrió entre microscopios y tubos de ensayo. Pero no pareció intimidarse cuando le tocó hablar ante la prensa internacional, una ganadora del Premio Nobel y hasta presidentes. Quienes la siguen desde hace años, sin embargo, no se extrañan por esa mutación digna de los virus que analiza. Gamarnik nació en 1964 y se crió en Lanús, donde aún vive. 

La pasión de su madre, Mirta, por la actuación, en ella se transformó en una intensa curiosidad. Ya de chica, jugaba a meter insectos en frascos para estudiarlos. Pero al mismo tiempo, influida por su padre, Simón, desarrolló una especial sensibilidad hacia las injusticias.

“Era idealista. Quería estudiar algo que me ayudara a cambiar el mundo”, recuerda. Así, al terminar el secundario, se debatió entre las ciencias políticas o las naturales. Finalmente, test vocacional mediante, se inclinó por Bioquímica. En 1989 se graduó con medalla de oro en la UBA, se doctoró allí cuatro años después y se posdoctoró en Virología en la Universidad de California, con un proyecto sobre poliomielitis. Luego trabajó en el exterior con el virus del sida. Hasta que, a fines de 2001, volvió a Argentina para dirigir la investigación premiada sobre dengue, que reveló los mecanismos moleculares de su expansión y abrió caminos para el desarrollo de futuras vacunas y antivirales.

Ahora, en lo más alto de su carrera, parece haberse reencontrado con la vocación de su mamá. También tenía talento, queda claro hoy, para conectarse con grandes públicos. Y para la política, con un estilo muy personal. Gamarnik se aleja del cliché del científico serio, aburrido y acartonado que no sale del laboratorio. 

Ante eminencias de la ciencia mundial, en la Academia de Ciencias de París, se permite bromear para romper el hielo: le funciona. Piercing en una ceja y borcegos azules integran su look habitual. “Es una rockstar”, exagera un periodista extranjero, asombrado. Siempre hizo deporte. Le gusta la lectura, el teatro y la fotografía. Cocina, se junta con amigos, juega con su perro. En esos momentos, asegura, se le ocurren las mejores ideas. Pese a todo esto, no improvisa los discursos importantes: prefiere leer. Parece temer olvidarse de alguna de sus críticas y reivindicaciones. 

El 24 de marzo, por ejemplo, al recibir su gran premio en París, indicó que su corazón estaba “en las calles de Buenos Aires”, en la marcha por el aniversario del golpe militar. “Estaba seguro de que diría algo de la marcha”, comentó luego un amigo de años.

La viróloga también leyó un pedido por mayor igualdad de género ante Cristina Kirchner, en un acto que recuerda con emoción. “Ver a Macri no fue tan satisfactorio -opone, sin vueltas-. 

Le transmití que estoy muy preocupada por el futuro de las investigaciones”. “Sería genial que mi caso sirviera para animar a otras mujeres a seguir una carrera científica en el país”, se esperanza. Anuncia que ahora se abocará a “formar investigadores y seguir haciendo ciencia de calidad en el país”. “Con o sin premios -cierra-, me apasiona lo que hago. Este trabajo te tiene gustar y entusiasmar. Si no, por la plata, directamente no lo hacés”.

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