Esa literatura odiosa

30.06.2015
Corría el año 2005 y estaba trabajando en una ponencia para un congreso de teoría y crítica literarias cuando caí en la cuenta de que el noventa por ciento de los libros de literatura hispanoamericana publicados en los últimos meses (y de lectura obligatoria si una no quería pecar de “desactualizada”) habían sido escritos por varones. Así confirmaba, una vez más, la situación subalterna de las mujeres en un ámbito cultural, la misma posición secundaria que había constatado, por ejemplo, en el campo teatral argentino, donde a principios del siglo XXI se evidenciaba una alarmante falta de apoyo editorial para la puesta en circulación de las obras de nuestras dramaturgas.

Susana Tarantuviez

Doctora en Letras

(UNCuyo – CONICET)

 

Corría el año 2005 y estaba trabajando en una ponencia para un congreso de teoría y crítica literarias cuando caí en la cuenta de que el noventa por ciento de los libros de literatura hispanoamericana publicados en los últimos meses (y de lectura obligatoria si una no quería pecar de “desactualizada”) habían sido escritos por varones. Así confirmaba, una vez más, la situación subalterna de las mujeres en un ámbito cultural, la misma posición secundaria que había constatado, por ejemplo, en el campo teatral argentino, donde a principios del siglo XXI se evidenciaba una alarmante falta de apoyo editorial para la puesta en circulación de las obras de nuestras dramaturgas[1].

Ahora bien, ese año, una de las novelas más vendidas era obra de un Premio Nobel, sin duda uno de los escritores más representativos de América Latina, Gabriel García Márquez: Memoria de mis putas tristes (2004). La gran expectativa que me había provocado su publicación, por ser una ávida lectora de todo el boom latinoamericano desde mi adolescencia, y porque habían pasado diez años sin que García Márquez escribiera ficción, se convirtió en franca desilusión: me pareció una nouvelle melancólica que narraba una historia endeble, mínima y aburrida. Asimismo, estaba plagada de lugares comunes sobre la figura de la prostituta y banalizaba la “trata de blancas” de manera obscena. Pero hace una década no éramos tan conscientes como ahora de la omnipresente violencia de género en nuestra sociedad, ni contábamos en Argentina con la legislación actual que intenta prevenir y sancionar la trata de personas[2]. Además, ¿desde qué lugar enfrentarse al canon impuesto por el mercado y la crítica periodística, con sus listas de best sellers, sus columnas “literarias” en la prensa, sus contratapas elogiosas, sus fajas de impacto publicitario, los premios editoriales, los catálogos de recomendados de las librerías, entre otras instancias de legitimación mercantil y mediática? En efecto, ya algunos suplementos culturales del momento habían elogiado la novelita como una verdadera manifestación del “arte de contar historias”. Mi incomodidad crecía y me preguntaba por qué nadie criticaba el libro, quizás no desde una perspectiva estrictamente literaria (¿quién se iba a animar a poner en tela de juicio la maestría estilística del patriarca de la literatura latinoamericana?), sino desde una posición ideológica, ya que era una novela que naturalizaba las prácticas prostituyentes que hacen de las mujeres meros objetos del placer masculino, a lo largo de todo el texto y desde la mismísima declaración inicial del narrador, decidido a comprarse una niña para festejar su cumpleaños: “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Entonces me decidí a buscar otras voces que no se escuchaban si una oía solamente la voz estridente de los medios hegemónicos, las voces de otras mujeres con conciencia de género interesadas en las letras en quienes encontré el mismo repudio que sentía yo hacia esa literatura odiosa[3] “que se vende como pan caliente y llega a los salones de clase y se convierte en un texto obligado, para que a los chicos no se les olvide que a los 20, los 40, los 80 o los 90, la sociedad les da el derecho de quitarle la ropa a una niña y violarla, sin que nadie le importe su indefensión, y su desgracia”, tal como publicaba una lectora crítica en un periódico en línea[4].

Dado que el lenguaje legitima y transmite la lógica de la dominación, esta literatura sexista contribuye a reproducir la visión androcéntrica del mundo, esa misma que el Dr. Tim Hunt, otro Premio Nobel (esta vez de Medicina) ha reafirmado con sus desafortunadas declaraciones de la semana pasada, al representar discursivamente a las mujeres como objetos de pasión masculina y sujetos de incontrolables estallidos emocionales. Hunt expresó su postura en contra de la presencia de mujeres en los laboratorios en el marco de un congreso internacional de periodismo científico, por lo que sus dichos rápidamente se difundieron por todo el mundo y se produjo una reacción en cadena de numerosas mujeres que trabajan en ciencia y tecnología, quienes repudiaron sus dichos, violentamente misóginos para algunas, simplemente necios para otras.

Dos fechas distanciadas por toda una década, 2005 y 2015, dos premios Nobel separados por dos campos de trabajo tan distintos como pueden serlo la Literatura y la Medicina, pero una significativa y lastimosa similitud: dos hombres con discursos misóginos que parecieran querer mantener a las mujeres en el lugar de subordinación que les correspondería según una lógica que obstaculiza la igualdad entre las personas y el ejercicio efectivo de sus derechos. Creo que es necesario que las mujeres podamos crear espacios propios de realización en los diferentes campos de la sociedad, incluidas, por supuesto, las prácticas científicas, culturales y artísticas, y me parece que las posturas sexistas como las de estos laureados señores son un verdadero obstáculo para ello.

Entonces, en el contexto de mi propio campo de acción, el de los estudios literarios, el interrogante que quiero dejar abierto hoy se refiere al canon, esa lista de “obras consideradas valiosas y dignas por ello de ser estudiadas y comentadas” (según la ya clásica definición de Enric Sullà), porque los criterios para conformarlo han sido, históricamente, ideológicos, y el canon ha tenido las más diversas funciones extraliterarias: proveer modelos, crear marcos de referencia comunes, transmitir una herencia intelectual, ofrecer una perspectiva histórica, etc. Por lo tanto, si una obra literaria, sin importar su autoría, reproduce el estereotipo de la mujer-objeto, si se solaza en la descripción de prácticas denigratorias de las mujeres, si reproduce hasta el hartazgo la idea de que la conquista sexual es un acto de natural hombría, si naturaliza la sumisión de las mujeres, ¿no sería hora de someterla a un análisis crítico, en lugar de considerar sin más su factura estética, antes de admitirla en el canon, esa lista de libros privilegiados? O al menos, para que no nos acusen luego de intentar censurar la creatividad ajena, ¿no podríamos incluirla en una nueva categoría, la de “odiosa literatura patriarcal”?

 

[1] A principios del siglo XXI el corpus de teatro argentino escrito por mujeres era abundante,  pero recibía menos posibilidades de publicación que las obras escritas por varones. Vid. Sonia Santoro, “Dramaturgas”. En: Diario Página 12, Suplemento “Las 12”, Viernes 5 de Julio de 2002. En la entrevista incluida en la nota, la dramaturga Adriana Tursi explicita la situación: “Hace algunos años, la Secretaría de Cultura sacó el libro Dramaturgos argentinos. En ese tomo no había mujeres y a mí me llamó la atención porque además en ese año la mayoría de los primeros y segundos premios en dramaturgia habían sido ganados por mujeres. [...] Dentro de la dramaturgia femenina había muy poco publicado”.

[2] La ley 26.364 para la Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas se sancionó apenas en 2008, derogada y ampliada luego por la actual ley 26.842, de 2012.

[3] Ya en 1969, la escritora feminista Kate Millet, en su libro Sexual Politics, había analizado críticamente la obra de escritores de habla inglesa, como D.H.Lawrence, Henry Miller y Norman Mailer, y había concluido que la liberación sexual representada en sus obras no es otra cosa que una política de dominación para someter a las mujeres.

[4] Gómez, Sonia. “Memoria de mis putas tristes. Literatura odiosa”. El Colombiano, 29 de octubre de 2004. Para una reacción de repudio más extendida habría que esperar varios años, cuando la filmación de una película basada en esta nouvelle de García Márquez pusiera en evidencia la violencia contra las mujeres que latía ominosamente en el universo discursivo de la obra.

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