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La Selección sub 40 de lxs científicxs argentinxs

28.07.2015
La generación sub 40 de investigadorxs argentinxs promete mejorar la calidad de vida, abre esperanzas contra el cáncer, ensaya con nuevos materiales, rastrea datos genéticos y analiza movimientos migratorios. Todo, con una mirada joven y perseverante. Las claves de su formación.

Ariel Lutenberg

Ingeniero electrónico

"No hay nada como mejorar la calidad de vida de la gente"

Por Eliana Galarza

A los 4 años, Ariel Lutenberg tenía un mundo a sus pies. Era un espacio de horizontes geométricos, paredes multicolores y robots que las empujaban o saltaban con el ímpetu de un Godzilla. Ariel hacía y deshacía su planeta de Rasti. Y cuando tenía dudas sobre algún encastre, siempre estaban cerca su papá José, el abuelo Yaki o el tío Roberto. Entre todos lo ayudaban a construir ciudades y también a delinear su futura vocación: desarrollar y ensamblar circuitos electrónicos para ponerlos al servicio de la gente.

“El abuelo Yaki arreglaba todo, a los 12 años creó una máquina que facilitaba las cosechas en el campo, de algún modo inventó una solución, algo de lo que me ocupo actualmente en mi trabajo”, recuerda y relaciona Ariel, que hoy, a los 34 años, es doctor en Ingeniería y parte del grupo selecto de científicos sub 40 que en el Conicet son considerados promesas de la ciencia argentina. El año pasado ganó el prestigioso premio Sadosky en la categoría Tecnología e Innovación por el desarrollo del proyecto CIAA, que promueve apps industriales para mejorar la competividad y el crecimiento en ese sector.

“No hay nada como solucionarle la vida a la gente”,  le comenta a Viva mientras acaricia una placa de circuitos electrónicos que son el corazón y el alma de la Computadora Industrial Abierta Argentina (CIAA), una creación que lo enorgullece.  Frente a frente, poco y nada tiene que ver con lo que el público común espera de un científico. De repente, habla –rápido y entuasiasmado– y parece que no se le entiende nada, pero enseguida pone el freno y le  brotan las lecturas de Borges, Cortázar o Foucault. Y entonces es agradable imaginar el mundo que él imagina. “Lo que más me asombra en mi área son los desarrollos espaciales, en donde se le da forma a máquinas muy complejas y que en esencia no pueden repararse una vez lanzadas desde la Tierra”, dice, antes de develar que no sólo le interesa la ciencia.

De chico armaba y desarmaba cosas con gran facilidad, tiene varias fotos en acción de cuando tenía 5 años y quería entender cómo funcionaba su bicicleta. Pero también leía un montón. “Hubo un momento en que la vocación literaria también era muy fuerte; de hecho, participé en talleres literarios, pero luego ganó la Ingeniería. De lo literario me quedó el gusto por la lectura, a la que se suma mi pasión por el cine y la música, en especial la música clásica contemporánea, el tango y el folclore, del que muchas veces tomé clases de baile. Y el deporte es otro hobbie, especialmente el básquet”, detalla.

Diga presente. El camino de un científico no se traza a solas. “Si tengo que pensar en las personas que guiaron mis pasos, tengo maestros en cada etapa de mi vida. Cuando estaba en la escuela primaria, mi papá, mi abuelo y mi tío Roberto. En la escuela secundaria, varios de mis docentes de los últimos años. En mis estudios de Ingeniería, mi director de tesis de grado, Fernando Pérez Quintian, y luego de doctorarme, un profesor de la facultad, Gabriel Venturino. Pero te diría que, en los últimos dos años, aprendí a pensar estrategias y acciones de la mano de Javier Viqueira, un directivo de la Cámara Argentina de Industrias Electrónicas, Electromecánicas y Luminotécnicas, que apoya el proyecto de la computadora industrial”, enumera con paciencia, porque no quiere olvidarse de nadie.

El presente de Ariel transcurre entre lo científico y la interacción social. “Me ocupo de gestionar proyectos de desarrollo científico-tecnológico y enseñar a la gente cómo ponerlos en marcha. También estoy participando en la creación y puesta a punto de un nuevo centro tecnológico sin fines de lucro que brindará soporte y orientación a industrias argentinas en las áreas de sistemas electrónicos, forja y fundición”.

Todavía no piensa en formar su propia familia. “Combinar la vida familiar con la vida científica no es muy distinto que en cualquier otra profesión”, asegura. Una vista rápida por su currículum muestra otra de sus características: siempre fue muy estudioso. “Me concentro en los temas que me gustan y estudiar siempre fue un placer”, resume.

–¿Qué pensás que debería inventarse? –le pregunta Viva.

–Pienso que si los medios de transporte público y personales fueran conducidos por sistemas inteligentes autónomos, entonces resultarían más seguros, sustentables y eficientes, algo que mejoraría la calidad de vida de los usuarios.

Lutenberg es el impulsor de la Computadora Industrial Abierta (CIAA), una plataforma electrónica en la que participan decenas de universidades argentinas y empresas, sin ningún aporte estatal.

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Omar Azzaroni

Químico

"Los argentinos siempre damos un paso más"

Por Nahuel Sugobono

La tesis doctoral del químico Omar Azzaroni obtuvo la Mención de Honor para Jóvenes Químicos de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC, por sus siglas en inglés). Fue la primera vez que una tesis argentina obtenía semejante galardón. Ese premio fue el puntapié inicial para una exitosa carrera en prestigiosos institutos europeos en Inglaterra y Alemania, hasta que, en 2008, regresó al país para dirigir un laboratorio de materia blanda en el INIFTA (Instituto de Investigaciones Físicoquímicas Teóricas y Aplicadas), que pertenece al Conicet y a la Universidad de La Plata. En 2013 obtuvo dos importantes premios: el Premio Houssay para investigadores jóvenes y el Premio Konex – Diploma al Mérito.

A pesar de estos logros, con apenas 41 años, Azzaroni está lo más alejado que puede imaginarse del estereotipo del científico calculador, obsesionado, inmune a lo que ocurre a su alrededor. Y él mismo se encarga de derribar esa imagen errónea: “Es un mito probablemente alimentado por gente que no es cercana a las ciencias exactas. La diferencia no pasa por tener un genio singular, sino por tu voluntad, tu tenacidad, tu compromiso. Y eso sólo lo podés reunir si tenés esa curiosidad, esa vocación, esa sed de conocimiento que hace que una disciplina te resulte sumamente atractiva”. Fan de la serie Breaking Bad y del músico Jimi Hendrix (años atrás tocaba el bajo en una banda de rock), padre de un hijo y otro por venir en los próximos meses, su propia historia de vida desmiente esa falsa figura del científico con guardapolvo, anteojos gruesos y pelos parados.

Azzaroni se especializa en nanotecnología, la disciplina que se ocupa de la manipulación de la materia a nivel atómico y molecular. Otro mito frecuente de la profesión es que el químico se ocupa únicamente de fórmulas y problemas teóricos. “No es así. Las cosas que uno hace en laboratorio tienen una implicancia práctica inmediata. Muchas veces la sociedad no tiene muy en claro qué hace el científico. Piensa que es un tipo que está en una torre de marfil, pensando en las cosas que le interesan, teóricas, puras, básicas, lejos del mundo cotidiano, pero no es así. Una gran fracción de la comunidad dedica su tiempo a resolver problemas concretos, a desarrollos específicos. Uno de los proyectos que estamos trabajando actualmente es una plataforma donde nos dedicamos a resolver problemas y a transferir conocimientos a diferentes empresas”.

Esto ha dado resultados tangibles, por ejemplo, la patente para un medidor de glucosa que será producido en el país. La comunión entre lo teórico y lo práctico fue algo que Azzaroni aprendió de dos de sus profesores: su director de tesis, Roberto Salvarezza (actual presidente del Conicet) y el alemán Wolfgang Knoll, director de su posdoctorado en Alemania. “De Salvarezza aprendí el modo de hacer ciencia, el ABC, por qué hacemos ciencia. De Knoll tomé el concepto de organizar proyectos, de pensar desarrollos en profundidad, de cómo organizar un laboratorio. Me considero afortunado porque las visiones de ambos son plenamente complementarias”.

Aunque no cambiaría por nada el hecho de vivir en la Argentina, considera una experiencia valiosa, como parte de la formación, el hecho de pasar una temporada en el exterior. “Ser extranjero y sentirte extranjero te hace ver las cosas en otra dimensión. Te hace sopesar otras culturas, ver sus aspectos positivos, pero también los de tu propia cultura, a los que nunca les habías prestado atención. Te alejás un poco para tomar perspectiva”. Esos valores positivos que pasan inadvertidos surgen de la necesidad.

“En la Argentina hubo épocas sumamente duras, donde no había dinero ni recursos para trabajar. Donde tu recurso más valioso era tu ingenio. Y eso es algo que llevás con vos adonde vayas. Una vez, en Alemania, resolví una medición de forma alternativa, porque no teníamos el equipo para hacerla. Y el científico Wolfgang Knoll me dijo: ‘Ves, ésas son las cosas que me gustan de los argentinos. No se quedan en el problema, imaginan un paso más. Piensan fuera de la caja’. Nosotros durante mucho tiempo estuvimos fuera de la caja, directamente. No había caja, entonces obligadamente nuestro modo de pensar era así. Volcar a nuestro favor esa circunstancia es algo muy positivo”

Azzaroni está trabajdno en un desarrollo de un medidor de glucosa que podría fabricarse en el país.

 

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Mariela Caputo

Genetista

"La ciencia es perseverancia y dedicación"

Por Eliana Galarza

Cuando era chica, la casa entera de Mariela Caputo podía romperse y no pasaba nada. Total, su abuelo Quique, mecánico de autos, era capaz de arreglarla. Así creció, rodeada del amor de su familia y del ingenio de su querido abuelo, a quien hoy, instalada como genetista en uno de los centros científicos de referencia en el país, recuerda casi al borde de las lágrimas. Quique murió el año pasado, a los 93, y dejó en ella un legado muy profundo: la inventiva y las ganas de mejorar. “Tengo muchos recuerdos, siempre me impresionó saber que mi nono, a los 12 años, fabricó un termotanque eléctrico para que su familia pudiera bañarse con agua caliente. También está presente en mis postales de vacaciones: con una botella de agua mineral era capaz de  improvisarme un flotador”.

En séptimo grado, en un test vocacional, a Mariela le salió “bachiller biológico” (un primer acercamiento a la ciencia) y justo en ese momento empezó a darles clases de apoyo a sus compañeros (primer acercamiento a la docencia). Hoy se destaca como genetista y también como docente en su especialidad. Pero no son las únicas razones para considerarla una promesa en el mundo de la ciencia. El director del Servicio de Huellas Digitales Genéticas (SHDG), Daniel Corach, su jefe, enumera otros atributos: “Considero que la doctora Caputo efectivamente es una promesa en el campo de la ciencia debido a su gran interés por la investigación, su gran capacidad de trabajo asistencial, su pensamiento independiente y, además por su dedicación en la formación de recursos humanos”

Corach destaca sus valores humanos, algo que para cualquier campo, no sólo el de la ciencia, es un plus. En el caso de Caputo, también hay que sumar tenacidad y dedicación. “Siempre fui buena alumna, pero no traga, con buenas notas, pero no era la mejor. Lo que sí, sólo tuve cinco faltas en todo el primario y el secundario y fue en quinto grado por varicela. Personalmente creo que las notas, los promedios, vienen solos y definitivamente no son lo más importante. Lo más importante es la perseverancia y la constancia”, asegura.

“¿A qué me dedico?Lo primero que quiero señalar es que trabajo en equipo. Lo mía es una tarea global en la que se combina docencia, investigación y servicio a la comunidad en el área específica de la genética forense. Docencia a nivel de grado y posgrado, investigación en genética de poblaciones y estudios de ADN para establecer vínculos de parentesco y/o resolver causas criminales. Es una tríada fundamental en la que la investigación nos hace progresar e innovar, la docencia nos permite transmitir los conocimientos adquiridos y el servicio, aplicarlos a un problema en particular. Por supuesto que es mucho trabajo, pero se disfruta”, explica.

Lo primero es la familia. Pasa muchas horas en el laboratorio, pero tiene claro , como científica sub 40, que lo primero es la familia. Es un deseo que tiene para ella y una cualidad que admira en sus colegas. “Yo no podría señalar el nombre de un científico a quien admiro. En realidad, admiro a mis compañeras científicas, que son además madres, esposas y amas de casa. La diversidad de actividades que eso implica es admirable”, reconoce. Cuando habla de sus pasatiempos se cuela el espíritu familiar. “Me gustan mucho actividades como andar en roller, hacer pilates o yoga, pero lo que más me enriquece es comer un asado con los míos  los fines de semana”, dice.

“Durante su período  pre-doctoral, la doctora Mariela Caputo participó muy activamente en dos líneas de investigación independientes y con las dos colaboró en la generación de conocimiento científico relevante, que fue publicado en revistas científicas de difusión internacional”, la elogia otra vez Corach.

Si tiene que señalar maestros que la ayudaron a formarse, Mariela vuelve a acudir a la familia: “Me parece que para afianzarse como científico hay que empezar por la persona, los títulos son el resultado de cómo uno encara la vida. Para mí, mis maestros y guías fueron mis padres, y en especial mi papá. En lo profesional, creo que es importante tener un jefe, un director que sea exigente, que te estimule a adquirir conocimientos, que te ayude a crecer, a superarte”, señala muy convencida. Está segura porque su fórmula de vida le está dando satisfacciones y reconocimiento.

Caputo trabajó en el Servicio de Huellas Digitales Genéticas y se ocupa de rastrear genes para resolver identidades y clolaborar en causas forenses.

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Diego Croci

Biólogo

"Somos una generación más crítica"

Por Roxana Badaloni

Puede pasar 10 horas adentro del laboratorio y, aun así, asegura que su trabajo es muy divertido. A los 36 años consiguió lo que muchos otros profesionales de la ciencia no lograrán nunca. Pero no se la cree y describe con humildad y algo de timidez, su descubrimiento. algo que puede cambiar la vida de millones de enfermos de cáncer. Diego Croci, del Instituto de Biología y Medicina Experimental (IBYME /Conicet), identificó un nuevo mecanismo  en el tratamiento de los tumores. Su descubrimiento, que fue su tesis doctoral, fue publicado en 2014 en la revista Cell, una de las tres más prestigiosas del mundo, como nueva terapia contra el cáncer.

Trabaja en el equipo de Gabriel Rabinovich, una eminencia en la ciencia argentina. Croci pertenece a una nueva camada de investigadores: “Somos una generación más crítica”, describe. Hace tres meses se instaló en Mendoza. Eligió la provincia del vino, la cordillera y el zonda (un viento con ráfagas calientes) para instalar un laboratorio y empezar una nueva vida con su mujer Natalia y sus dos hijos Dante (9) y Lucio (4).

Desde los 10 años le pedía a sus padres que le compraran revistas de divulgación, como Muy Interesante o Ciencia ya.

Nació en San Andrés de Giles, en la provincia de Buenos Aires.  Es el hijo del medio de una familia de cinco hermanos. Y cuenta con orgullo que son la primera generación de profesionales de la familia, todos dedicados a disciplinas médicas. Su padre fue chofer de micros y su madre, ama de casa.

En 2006, comenzó a trabajar en investigación del cáncer y el mecanismo de resistencia de los vasos sanguíneos. “El hallazgo nos abrió posibilidades terapéuticas muy grandes”, explica. Con su equipo descubrió por qué algunos tumores no responden a los tratamientos para interrumpir el crecimiento de vasos sanguíneos y evitar que se propaguen; y cuáles son los mecanismos que impulsan  la creación de vasos sanguíneos en  tumores.

“Los resultados nos iban llevando y se hizo una bola muy grande. Nos dimos cuenta de que habíamos descubierto algo muy importante”, dice.

Croci identificó un nuevo mecanismo que podría ser clave en el tratamiento de tumores.

 

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Ana Paula Penchaszadeh

Politóloga y filósofa

"El ejercicio de formarse es infinito"

Por Nahuel Sugobono

La ciencia no es unicamente una serie de fórmulas y letras griegas sobre un pizarrón. Es, también, el análisis de pensadores, historiadores, psicólogos, antropólogos…, para comprender y mejorar el mundo que construyen los humanos desde hace milenios. Politóloga, filósofa y cientista social, Ana Paula Penchaszadeh fue una de las coordinadoras del proyecto educativo “Valija de materiales”, que se ha extendido al Mercosur como modelo para realizar materiales educativos similares.

Proviene de una prestigiosa familia científica. Hija de exiliados durante la dictadura, pasó sus primeros años en Venezuela. Nieta de judíos rusos refugiados y franco-belgas, esta condición heredada del destierro la marcó en su vocación: se dedica, desde las ciencias políticas, al estudio de las migraciones, desde el punto de vista de “la lucha por los derechos humanos de aquellas personas que se encuentran en movimiento por el mundo”, según ella misma lo define.

En su camino de vida, remarca la importancia de sus familiares (padres, tíos, abuelos), entre quienes destaca a “un tío abuelo que se jugó su vida durante toda la Segunda Guerra Mundial para salvar miles de chicos judíos pasándolos (incluso cuando la nieve hacía prácticamente imposible la faena) de Francia a Suiza”. Esto es algo que hoy sigue siendo una brújula a la hora de encarar nuevos trabajos. “Tengo en claro que mi proyecto nunca es individual, es familiar. Yo vengo en paquete. Mis hijos y mi pareja son mi sustento vital tanto como lo es mi trabajo”.

Acumula licenciaturas, doctorados y másters en ciencias sociales, ciencias políticas y filosofía. Y todavía siente la necesidad de embarcarse a estudiar Derecho.

De cara al futuro, piensa seguir manteniendo ese complejo equilibrio entre la formación teórica y la aplicación práctica del universo académico: “Sigo invirtiendo en mi educación y entiendo que la cosecha es el resultado natural de haber plantado algo. El ejercicio es infinito y no siento que estoy, para nada, consagrada. Mi meta es contribuir a la conciencia global sobre la condición radical de extranjería de todos los seres humanos”

Penchaszadeh coordinó la Valija de materiales, un proyecto que focaliza en los movimientos migratorios.

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