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MACHOS EN LA CIENCIA

27.06.2015
LAS CIENTÍFICAS ARGENTINAS CONTESTAN LA AGRESIÓN MACHISTA DEL PREMIO NOBEL TIM HUNT

Rata de laboratorio

CIENCIA “Déjenme que les cuente mi problema con las chicas. Pasan tres cosas cuando están en el laboratorio: te enamorás de ellas, ellas se enamoran de vos y, cuando las criticás, lloran”, dijo el Premio Nobel de Medicina 2001, Tim Hunt, sin que se le mueva un pelo del bigote. Fue en el marco de una conferencia en Corea del Sur, aunque la animalada rápidamente dio la vuelta al mundo levantando rabiosas polvaredas. Y es que lo de Hunt podría ser sólo una bravuconada si no fuera por la notable inequidad en el acceso de las mujeres a las ciencias duras, sobre todo una vez terminadas las carreras de grado. En nuestro país, donde al menos desde el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y por impulso de Dora Barrancos, directora del área de Ciencias Sociales y Humanidades, se incorporaron medidas inclusivas para que el género no sea una barrera a la hora de acceder a becas de investigación, las respuestas al Premio “galán” Nobel tampoco se hicieron esperar y se pueden leer en los más diversos tonos. Aquí algunas de esas airadas contestaciones a esa muestra de machismo absoluto que exhiben algunos, entre pipetas y tubos de ensayo.

Por Alejandra Ciriza *

El velo de la misoginia

Un científico, Premio Nobel por añadidura, señala que las mujeres entorpecen el trabajo en el laboratorio. Lo dice en un espacio público, tal vez sin siquiera percatarse de que sus dichos son discriminatorios hacia personas que forman parte de la mitad de la humanidad. Lo hace en el siglo XXI repitiendo, tal vez sin saberlo, aun cuando lo diga en otra lengua y muchos siglos después, ideas muy semejantes a las que hacían decir a Pitágoras, en el siglo VI antes de Cristo en Grecia, país en el que, se dice, alguna vez nació la filosofía occidental, que: “Hay un principio bueno que creó el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que creó el caos, las tinieblas y la mujer”. Ambos son, aun cuando estén separados por siglos y diferencias culturales importantísimas, profundamente misóginos.

La misoginia es una suerte de éter sutil que impregna nuestras relaciones cotidianas. Normaliza el acoso callejero transformándolo en “piropo”; disuelve la noción misma de violencia haciéndola equivalente a su forma más extrema: el femicidio; transmuta en oportunismo y gestos de ocasión la seriedad del “Ni una menos”; deja impune la violencia laboral; nos hace hesitar ante el evidente contenido agresivo, descalificador y violento de muchas observaciones que escuchamos a diario sobre nuestras capacidades profesionales, nuestro aspecto personal, nuestras obligaciones domésticas y hasta nuestra manera de manejar. Sólo por ser mujeres.

Claro que no pretendo que las mujeres seamos iguales, ni que sea “lo mismo” ser una campesina mapuche acosada por terratenientes o policías que una brillante científica de clase media, educada, ubicada en un prestigioso laboratorio. Desde luego que no. Las mujeres no somos iguales, sin embargo la misoginia nos homogeneiza, nos unifica, nos transforma en idénticas, hace posible que alguien, sin ruborizarse, afirme que las mujeres somos el caos, las tinieblas, el principio del desorden y el mal y lo diga en el siglo XXI, y con autoridad “científica”.

La operación es posible porque las sociedades en las que vivimos, las instituciones en que nos educamos, las formas de pensar la ciencia, el conocimiento, la filosofía, la literatura incluso, están profundamente atravesadas por relaciones de dominación patriarcal que normalizan las asimetrías generando un principio de visión y división del mundo que hace de la misoginia una suerte de éter, por así decir. Impalpable, normal, habitual.

Algo, sin embargo, se ha conmovido. Las mujeres reaccionamos a la voz de “Ni una menos...” y por un 3 de junio, en Argentina, nos acompañaron muchas y muchos. Hunt hace una observación sexista y muchas científicas, investigadoras, profesoras, respondemos, y el sujeto pide disculpas, cosa que muchos machistas locales jamás harían, y es presionado para renunciar a su cargo en la University College de Londres, así como a su pertenencia a la Royal Society británica.

Tal vez se empieza a rasgar el velo de la natural misoginia. Desnaturalizarla, me temo, llevará mucho más tiempo. Sin embargo algo se ha comenzado a modificar (Fuente: Pagina 12).

* Dra. en Filosofía. Investigadora principal del Conicet.

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