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Mujeres Destacadas: ¿Con la misma vara?

15.09.2015
El nombramiento de Roxana Pey, académica de la Universidad de Chile como futura rectora de la Universidad Estatal de Aysén es una noticia que nos enorgullece y alegra, más cuando reparamos en el hecho de que será la primera mujer en ocupar el cargo de Rector en una universidad pública en Chile.

El nombramiento de Roxana Pey, académica de la Universidad de Chile como futura rectora de la Universidad Estatal de Aysén es una noticia que nos enorgullece y alegra, más cuando reparamos  en el hecho de que será la primera mujer en ocupar el cargo de Rector en una universidad pública en Chile.

Luego, detengámonos en esa segunda parte. Recién en 2015 es que por primera vez una mujer será la encargada de liderar una institución de educación superior del estado. ¿Qué pasó antes? ¿No había académicas preparadas? Todo depende a quien le preguntemos y que entendamos como condiciones para liderar un proyecto educativo de esta envergadura.

Mientras más me adentro en los temas de género, más evidencias encuentro de que los estándares con que se miden a los profesionales destacados de las diversas áreas son diseñados pensando en características que los hombres entrenados en esa área pueden adquirir.

Desde los inicios de la ciencia, de las artes, de la academia se instaló la idea de que los genios son aquellos que abandonan todo por aquello que los apasiona, sin considerar que esos genios tenían que ser alimentados, vestidos, cobijados por otros –la gran mayoría de las veces madres, esposas o sirvientas- que permitían que esa genialidad se desplegara. Pero ¿Qué pasaba si el genio era mujer? ¿Quién sustenta, cobija, alimenta? Cuando nos preguntamos porque hay tantos pocos nombres femeninos en la historia de cualquier área, hay muchos aspectos que se nos hacen invisibles.

Recientemente me topé con la noticia de que investigadores de la Universidad de Australia Occidental  descubrieron que la mitad de los guerreros vikingos muertos en batalla eran mujeres. ¿Cómo lograron este impresionante hallazgo? Simplemente mirando de distinta manera de lo que la tradición les había enseñado a hacer. Anteriormente, los investigadores habían identificado erróneamente como esqueletos masculinos a todos los que eran enterrados con sus espadas y escudos (“obvio, sólo los hombres van a la guerra”), mientras que los restos femeninos eran identificados por sus joyas y no mucho más. Mediante el estudio de los signos osteológicos de los esqueletos, los investigadores descubrieron que aproximadamente la mitad de los restos eran mujeres guerreras, y como tales habían sido enterradas junto a sus armas.

Quizá este es un caso extremo de invisibilidad de género –de leer erróneamente desde nuestra cultura androcéntrica, una que no lo es-, pero nos hace pensar cuantas grandes mujeres se perdieron en la historia porque los historiadores no supieron ver más allá de su tiempo y su cultura; o porque los hombres de su época no supieron valorar su talento y la riqueza de su diferencia.

El discurso construido de lo que las mujeres hemos sido, de nuestras capacidades y limitaciones tiene mucho que ver con un sentido común elaborado desde la ignorancia y el prejuicio. “Es que no había grandes pintoras en el renacimiento” ¿Y cómo se las iba a considerar si les tenían prohibido estudiar con modelo vivo y el manejo pictórico del cuerpo humano era lo más valorado en la época? “Es que las mujeres han aportado a la ciencia recién en el siglo XX” Y claro, si ni a Marie Curie la dejaban entrar en la Academia de Ciencia de Francia, aún cuando había ganado dos premios Nobel. Y así podría seguir con distintas áreas para evidenciar que no es la incapacidad de la mujer la que la ha dejado fuera del canon oficial. ¿Y aquellas que si lo lograron? Si lo pensamos, ellas tuvieron que pagar altos costos en una sociedad que aún castiga a las mujeres por ocupar el espacio público y su situación de extraordinarias no hace sino preguntarnos ¿Extraordinarias para quién, por qué? ¿Quién valora, quién elige, qué características?

Mientras sigamos midiendo con estándares androcéntricos –hombre, blanco, educado, heterosexual- lo que consideramos brillante o valioso, y exigiendo a los otros y otras – a todos los diversos- que cumplan con esos cánones seguiremos negándonos de la riqueza y el talento tan necesario para construir una sociedad que pueda enfrentarse a lo que es y lo que viene.

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